A caballo de la crisis financiera devenida a socioeconómica –que aún no tocó el piso– y la consecuente caída de la imagen de Macri & Cía, el peronismo inició ya casi sin disimulo su campaña electoral.

El epicentro, claro, es el Gran Buenos Aires. Por allí anduvieron en los últimos días “extranjeros” de ese territorio, como el salteño Urtubey, el rionegrino Pichetto y el porteño Kicillof. Se suman así a los “locales” Massa y Randazzo, al autorepatriado Kirchner Jr. (en busca de renovar banca… y fueros) y al cuasi retornado Scioli, siempre con su espíritu de unidad. A este hermoso grupo humano también hay que adosarle el “debut”, con perfil llamativamente bajo (hasta que este diario lo puso en su portada del sábado 22), de la estrella televisiva que amaga con alterar el rompecabezas político: Marcelo Tinelli visitó pymes en problemas en La Plata.

Del menú peronista, al menos en esta hora de los platos de entrada, no hay que excluir otros sabores regionales, como los casos del cordobés Schiaretti, el tucumano Manzur (desmemoriado de su paso como ministro K) y el sanjuanino Uñac. Aunque la primavera y los calorcitos indicarían otras búsquedas de metáforas gastronómicas, el componente clave del guiso peronista es Cristina. Otra vez.

Rodeada de procesamientos judiciales, en especial de la causa del Cuadernogate, la ex presidenta no baja en las encuestas serias como muchos peronistas “racionales” (así bautizados por funcionarios macristas) desean. En especial en el Conurbano, donde la crisis se siente más que en ningún otro lugar del país. El Indec difundió el jueves que allí es récord el desempleo: 12,4%, casi tres puntos por encima del promedio nacional. Y aún falta lo peor, ya que hasta las previsiones oficiales anticipan que el tercer trimestre de 2018 será el peor de la era Macri, con mayor aceleración inflacionaria y caída de la actividad económica. Imposible que la huelga general cambie eso y acaso apenas sea el puntapié inicial para una escalada de protestas. Semejante fuego ayuda más a CFK que a sus compañeros peronistas, varios de los cuales gobiernan distritos ya dañados por las “turbulencias” y a los que no les conviene que se incendie todo. Al cristinismo, es obvio, le cierra mejor la “teoría Dady Brieva”, según la cual se desea un descenso de la Argentina a los infiernos para que a nadie se le ocurra votar a Cambiemos. Al respecto, Cristina mantuvo el silencio estratégico que le viene rindiendo frutos hasta ahora. Y alienta dos curiosas maneras de blindarse frente a las pruebas y testimonios de Korrupción. La victimización por un lado, con la camporista Mayra Mendoza como máxima expresión en un insólito acting con el reconocido demócrata ruso Vladimir Putin. Y una mala praxis judicial, expresada por el inefable Guillermo Moreno, al poner como ejemplo que el ahora liberado Carlos Carrascosa fue injustamente condenado por el crimen de su esposa García Belsunce. En fin. Como en ciertos restaurantes top, el menú peronista tendrá varios pasos. Algunos pueden ser una sorpresa. Por caso, la posibilidad de que representantes justicialistas en el Senado no sean tan tajantes como Pichetto de rechazar el desafuero de Cristina. Hubo ya algún cónclave reservado. Otra: el apoyo a que el Gobierno elimine las PASO, para que el PJ dirima su atomizada interna cómo y cuándo quiera. Cuidado con la indigestión.

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